3.10.04

Del 11-S al 11-M, visto desde Madrid

Tras los brutales atentados del 11 de Marzo de 2004 en Madrid, se produjo un desmoronamiento de la calculada política de desinformación por parte del Partido Popular y como consecuencia una explosión callejera de indignación ciudadana, junto con la vuelta a la escena política del rechazo de la sociedad española por nuestra implicación en la guerra de Irak. Como consecuencia del voto de castigo a las políticas de José María Aznar, el Partido Socialista recuperaba inesperadamente el poder. Pero existía un compromiso electoral previo de retirar las tropas españolas de Irak si la ONU no tomaba un papel más relevante en la ocupación. Días después, el Vicesecretario de Defensa Paul Wolfowitz y el Presidente de la Cámara de Representantes Dennis Hastert interpretaban que los españoles tenían "miedo" y el Presidente George W. Bush que suponía "ceder ante el terrorismo", afirmando que el suyo es el único camino para combatirlo. Pero, ¿dónde conduce ese camino? ¿Tiene un final?

Empieza la Guerra Contra el Terror

El 11 de Septiembre de 2001 se producen los más terribles atentados en la historia de los Estados Unidos. La Casa Blanca los califica de "acto de guerra" y, tras una enorme campaña mediática que vinculó incorrectamente la amenaza del ántrax a terroristas extranjeros, comienza una guerra en Afganistán que aún hoy no ha terminado. 600 detenidos bajo el cargo de "combatientes ilegales" siguen retenidos en Guantánamo sin derecho a un abogado, en violación de la Convención de Ginebra sobre el trato de prisioneros, pese a las denuncias de las principales organizaciones de derechos humanos: los pocos que han podido salir hablan de malos tratos y tortura, los que quedan presos no saben lo que va a pasar con su futuro y ello les produce un agotamiento psicológico que lleva a muchos a enloquecer y ha habido 32 intentos de suicidio según las autoridades del campo de prisioneros. El Gobierno estadounidense responde que Guantánamo es territorio no estadounidense alquilado a Cuba y que por tanto no tiene porqué aplicar garantías legales, lo que jurídicamente no tiene sentido según la ONU. Algunos presos son ciudadanos de la Unión Europea y sus familias en España o Gran Bretaña afirman que fueron arrestados sin orden judicial, técnicamente secuestrados. Afganos que han conseguido volver de allí afirman no haber participado en ningún combate, no ser talibanes y que ciertas personas de su país les entregaron por rencillas personales, para conseguir influencia o por dinero. La cadena BBC británica denuncia que hay además 3 niños presos, uno de ellos de 13 años de edad.

A pesar del uso de capuchas, cadenas, jaulas y focos de luz intensa constante en la cara por la noche, los soldados que les custodian dicen que los detenidos no se encuentran estresados y reciben un trato correcto. Los soldados estadounidenses parecen ser sometidos por su Gobierno al mismo lavado de cerebro reproducido a escala internacional con la opinión pública. Los grandes medios de comunicación en Estados Unidos y Europa sólo celebran la liberación de Afganistán del opresor régimen Talibán. Pocas veces se informa de Guantánamo ni de que tras la invasión estadounidense, la producción de opio -materia prima de la heroína- ha aumentado 18 veces y ha vuelto a colocar al país en los mismos niveles de narcotráfico de finales de los 90, cuando producía el 70% del opio mundial. Quién pueda estar beneficiándose de este enorme negocio es una incógnita. Algunas voces expertas en geopolítica y petróleo además relacionan el inicio en Afganistán de la Guerra Contra el Terror con la oposición Talibán a la construcción de un oleoducto que llevase el petróleo extraído en el Mar Caspio a través del norte del país para evitar el monopolio ruso en la zona y beneficiar a las petroleras occidentales. Parece cada vez más evidente que la estrategia de lucha antiterrorista promovida desde la Casa Blanca ha sido asociada a la persecución de objetivos petrolíferos privados. Todo ello bajo un contexto de alarma en ciertos círculos científicos acerca del incesante crecimiento del consumo de combustibles fósiles y su escasez estimada dentro del presente siglo. Un siglo en el que, como analizaremos más adelante, un ala del Partido Republicano de Estados Unidos pretende avanzar una agenda de dominación global y la creación de un imperio.

Al finalizar las principales operaciones en Afganistán, el Gobierno Bush intentó convencer al mundo de que el paso siguiente de su "sagrada misión" contra el terrorismo internacional era obligar al dictador iraquí Saddam Hussein a desmantelar las armas de destrucción masiva en su poder. Más tarde se va desvelando el verdadero objetivo de derrocar su régimen por la fuerza, lo cual liberaría al pueblo de Irak de una dictadura terrible que en el pasado Reagan y el Partido Republicano apoyaron por error -como el propio Donald Rumsfeld, actual Secretario de Defensa y uno de los máximos defensores de esta guerra- porque era necesario para combatir al Ayatollah Jomeini en Irán. Los servicios de inteligencia estadounidenses negaron que hubiese conexión alguna entre el régimen iraquí y los autores de los atentados del 11 de Septiembre. Los terroristas provenían principalmente de Arabia Saudita, país del que Estados Unidos obtiene grandes beneficios por el petróleo mientras que apoya a un régimen también opresor. Pero en un país aterrorizado por los atentados y la paranoia colectiva del ántrax, desde el Gobierno se insiste en esa idea hasta que, según las encuestas, la mayor parte los ciudadanos acaban por creer que Irak está detrás del 11-S. Los 12 años de sanciones que han castigado a la población civil por falta de alimento y medicinas, la muerte de más de medio millón de niños -que a largo plazo "merecería la pena" según el Gobierno Clinton- debido al bloqueo, el desmantelamiento de su ejército por parte de los inspectores de armas de Naciones Unidas, y las presiones diplomáticas en Naciones Unidas fueron inútiles. Era necesario atacar a todo un país.

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