5.9.04

España ya no es tan católica...



Hay datos significativos. En una encuesta del CIS de enero de 2002, los españoles entrevistados se declaraban dispuestos "a sacrificarlo todo, incluso su propia vida", por la "propia familia" (92,9%), con una capacidad de entrega que resultaba mucho menos unánime ante la opción de "salvar la vida de otra personas" (54,3%), defender la paz (47%) o la libertad (42,7%). Pero las cosas se ponían mucho más negras si de lo que se trataba era de dar la vida por la democracia (27,4%), la justicia (22,8%), las creencias religiosas o Dios (20,3%) y la patria (15,8%). Todo un ideario, quizá, de la nueva sociedad española, que emerge de una breve e intensa transición política y social totalmente transformada.

En un país que ha combatido numerosas guerras de religión, Dios y las creencias religiosas no salían especialmente bien parados en el sondeo, ni con ellos el apego a la que durante siglos ha sido la única religión nacional, el catolicismo, organizado en torno a la figura del Papa y sostenido por un poderoso entramado jerárquico y clerical.

Más allá de la anécdota, son muchos los datos directos e indirectos que dibujan un panorama de debilitamiento progresivo de la fe de Jesús de Nazaret en España. Aunque todavía un abrumador 81% de los españoles declara pertenecer a la religión católica, dos tercios de este porcentaje se consideran poco practicantes o totalmente alejados de una religión que ha sentido el zarpazo de los cambios sociales como pocas.

En un artículo publicado en este periódico en diciembre pasado, el obispo auxiliar emérito de Valencia, Rafael Sanus Abad, daba algunos ejemplos de la alarmante situación de la Iglesia, marcada no sólo por la pérdida de fieles -"más de dos millones en los últimos cuatro años"-, sino por una dramática falta de vocaciones. "Cuando yo me ordené, nos ordenamos cuarenta sacerdotes", escribía el prelado, "y de mi curso salieron varios misioneros que todavía están en África o en Latinoamérica. Pero de promociones en las que se ordenan ocho o nueve seminaristas, ¿cuántos pueden ir a misiones, si ni siquiera bastan para cubrir las necesidades más inmediatas y urgentes de las propias diócesis?".

Apenas un mes antes, y desde una perspectiva algo diferente, el presidente de los obispos españoles, el cardenal Antonio María Rouco Varela, había puesto el dedo en la misma llaga al analizar las dificultades que vive la Iglesia en la sociedad actual, y que pueden llevarla, como ha admitido el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Joseph Ratzinger, a convertirse en una fe minoritaria. El problema para Rouco es que "vivimos insertos en una sociedad amenazada y afectada por un oscurecimiento de la esperanza, una sociedad que sufre la pérdida de la memoria y de la herencia cristiana". Un fenómeno, el de la pérdida de la herencia cristiana, común a buena parte de Europa, pero que en España se ha producido en un lapso de tiempo mucho más breve.

Corriente laica

Una poderosa corriente laica arrastra a la opinión pública española por senderos que se apartan de la Iglesia, pese a los millones de fieles teóricos de los que dispone, al considerable ejército de 20.000 sacerdotes seculares, más de 64.000 religiosos de ambos sexos, a los que hay que añadir 13.000 misioneros y misioneras y otros 14.000 miembros de congregaciones de vida contemplativa; a la red de parroquias, centros docentes (algo más de un millón de los 6,8 millones de estudiantes no universitarios en España acuden a colegios católicos) y medios de comunicación propios. ¿Qué ha ocurrido en este país para que hoy la confianza hacia la Iglesia se sitúe muy por debajo de la media (42% frente al 64%), en la Encuesta Mundial de Valores 1999-2002, realizada en 81 países y presentada a finales de junio en Madrid?

"Las encuestas hay que examinarlas con mucho cuidado, porque la religión toca las fibras más profundas del ser humano y no tenemos elementos precisos para valorar estas cuestiones", sostiene el profesor de sociología de la Universidad Complutense Rafael Díaz Salazar, que se considera heredero de una corriente de laicismo cristiano a lo José Bergamín. "A menudo se mezcla lo religioso con lo eclesial, o lo eclesial con lo eclesiástico, y no podemos confundir la religión con los obispos. Recuerdo esa famosa frase de [José Luis López] Aranguren ’a Dios se le va a encontrar en cualquier parte menos en la iglesia".

Lo que ve Díaz Salazar en esta fase de posmaterialismo es más bien un rechazo a las religiones institucionalizadas. "Dado el carácter no intelectual de la mayoría de los españoles, no nos encontramos con un porcentaje de ateos o agnósticos muy significativo, como había en la República; son apenas el 3% o el 4% de la población, aunque tienen fuerza y una hegemonía cultural en ciertos medios. Hoy el español es religioso por tradición o totalmente indiferente. Queda una religiosidad popular, que se manifiesta en romerías, fiestas y demás ritos que sigue siendo importante". Entre estos ritos habría que incluir el del matrimonio religioso, que sigue disfrutando de buena salud a juzgar por las estadísticas de 2002, en las que las uniones civiles representaban aún un modesto 26,64% del total de 209.065 bodas.

Lo que estamos viviendo en España, a juicio de este sociólogo, es una transición, que se caracteriza por "un desplazamiento de la centralidad de lo religioso" hacia la periferia en los intereses de los ciudadanos. Desplazamiento, sin duda, el que reflejan las estadísticas, que marcan un constante descenso (del 53% en 1981 al 35% en 1999) de los fieles que acuden a la iglesia, casa de Dios y espacio por excelencia para la transmisión del mensaje religioso. Claro que los estudios tampoco son uniformes, y bajo las cifras se esconden a veces contradicciones importantes.

Entre los españoles que se consideran religiosos pero que no pisan la parroquia hay personas como Margarita Pinto de Cea-Naharro, miembro de la Asociación de Teólogos Juan XXIII, creada en 1981, y una de las voces más críticas con la Iglesia oficial española. Pinto, profesora de teología, cree que la Iglesia ha fracasado en el proceso de adaptación a la sociedad moderna. "El cristianismo en sus orígenes fue liberador para los que se sentían marginados en el Imperio Romano; San Pablo lo adaptó después a las leyes del imperio y no pasó nada. Entonces, ¿por qué la Iglesia no se adapta a los tiempos modernos?". Como muchos otros denominados cristianos de base, considera que la cuestión clave está en la obsesión de la jerarquía católica por controlar las normas de moral. "Los dogmas son intocables", dice Pinto, "la doctrina moral forma parte del magisterio ordinario", que no obliga a los fieles.

(El Pais)

Inciso : El blog no se actualiza muy a menudo porque estoy de vacaciones, espero que en cuanto se me acaben las vacaciones pueda escribir algo y ponerlo por aquí... :)